Translate

BIENVENIDOS AL MUAN.




MUSEO DE LA AVIACIÓN NAVAL ARGENTINA


Espacio creado con el objeto de dar a conocer la historia de la AVIACION NAVAL ARGENTINA y sus protagonistas.

VISITANTES

Buscar

Google+ Followers

Follow by Email

Entrada destacada

Corredor museológico del partido de Coronel Rosales

sábado, 20 de agosto de 2011

ATERRIZAJES PINTORESCOS 8 - EL EXTRAÑO CASO DE LA AVIONETA LUSCOMBE



Pasarán milenios y no se repetirá un caso similar. Es probable que nunca más se anote un episodio tan singular.
Difícilmente un aparato de sus características vuel­va a introducirse en las bocas de Obras Sanitarias, hasta una distancia semejante.
Este suceso, casi trágico, tuvo lugar en Buenos Ai­res el 23 de enero de 1950, cuando una avioneta, pilo­teada por un joven oficial de la Armada, fue "devora­da" por una sudestada que en ese momento desataba su furia demoledora.
Para recordar este suceso, el CIRCULO OFICIALES DE MAR, reunió a sus dos protagonistas principales: al piloto, Capitán de Navío Eduardo Trejo Lema, y al Suboficial Primero Vicente Roberto Saporosi.
Hacía muchos años que no se veían. El encuentro, imprevisto para nuestro directivo, provocó un exten­so abrazo y alguna lágrima se deslizó para teñir de emoción el rostro de los dos marinos. Las lágrimas suelen ser reflejo del alma, dimensionan los hechos cuando los hombres tienen edad madura y miden aquella intrepidez de los años juveniles con esta sen­satez adulta, aunque aquellos actos no hayan sido precisamente impulsos irresponsables.
Aquel 23 de enero, de pronto, la alegría de vida se transformó en infierno, porque aquella avioneta Luscombe Silvaire 1-N-23, un monoplano metálico, versión "Hidro" dos flotadores de poco peso y facilidad de maniobra, fue envuelta por la bravura del río "color de león" —que soportaba un viento de 80 kilóme­tros—, tras intentar su piloto un acuatizaje normal en la zona portuaria luego de un vuelo de rutina.
Aquí comenzaba el dramatismo para el joven ofi­cial, al que acompañaba el Cabo Principal López, cuan­do los pontones de la aeronave se estrellaron con­tra un fuerte oleaje que la desplazó de su estabilidad normal. El gran caudal de agua había sacudido vio­lentamente el ala derecha, determinando que el apa­rato quedara a la deriva. En difícil emergencia, el piloto zafó de su cabina y tomado de una parte de la hidronave trató de ganar un lugar de estabilidad. Esos instantes, que parecieron días para el hombre que perdía ya sus fuerzas luchando contra la adver­sidad —algún momento de serenidad en ese trán­sito de la vida a la muerte le permitió colocar su reloj pulsera en un bolsillo "para que cuando hallaran su cadáver pudieran identificarlo a través de ese objeto" se prolongaron hasta que alguien pudo socorrerlo.

Aquel domingo de fiesta desde la Dársena Norte se iniciaba la clásica regata internacional Buenos Ai­res - Río de Janeiro, que también tuvo trágicas con­secuencias al incendiarse el velero "Halcón Negro" y morir su tripulacióneclipsaba de alguna manera la festividad para introducir la tragedia. Instantes des­pués, la avioneta desaparecía misteriosamente tra­gada por el canal conductor se sabría después— hacia las instalaciones de Obras Sanitarias, pese a colocarse a disposición del hallazgo, los mejores ele­mentos con que contaba la Prefectura Naval.

De esta forma, culminaba el primer episodio de la avioneta Luscombe Silvaire, dramático, insólito, para dar lugar al siguiente que iba a adquirir contornos novelescos.
Y es cuando aparece en escena el joven Cabo Se­gundo Saporosi, quien asistido por el Cabo Principal Héctor Liendo, sería el protagonista del episodio si­guiente.
Pero hubo una instancia previa...
Es poco lo que el común de la gente conoce del "Buenos Aires subterráneo", ese "mundo" insólito y transitado sólo por algunos seres a los que la jerga suele mencionar como los "hombres sapo", pescado­res de objetos de valor, en medio de la inmundicia que circula por esos enormes túneles tétricos.
Tres de esos hombres, "en cumplimiento de sus tareas normales", descubrieron de pronto, en la ce­rrada oscuridad, un objeto de grandes dimensiones que confundieron inicialmente con una "máquina de lavar". El objeto no era otra cosa que la avioneta desaparecida misteriosamente. ¿Qué había pasado? Habían confundido los flotadores mecánicos de la máquina con algo desconocido para ellos. Los vaive­nes de la corriente habían accionado para hacer irre­conocible el aparato, ya que se hallaba en posición invertida, un detalle que posteriormente causara in­convenientes en el remolque, al resultar imposible volverlo a su posición.
Los "hombres sapo" al comprobar el insólito ha­llazgo intentaron radicar la denuncia en una Comisa­ría céntrica. Uno de ellos, constituido en el vocero del grupo, fue atendido por una autoridad de la sec­cional y debió ganar la calle apresuradamente, pues el oficial que lo atendió le manifestó que se exponía a ser detenido por pretender "jugar una broma de inocentes".
Una versión que le fue transmitida al entonces Te­niente de Navío Trejo Lema, daba cuenta de que el aparato fue hallado en el desagüe pluvial que corre bajo la Plaza de Mayo, provocando alarma en primer lugar por entender que se había colocado una pode­rosa bomba debajo mismo de la Casa Rosada. La es­pecie no era correcta de acuerdo a lo que constató Saporosi después.
Desmoralizados por la incredulidad manifestada por la Policía, dirigieron sus pasos al diario "Democra­cia", medio que por una línea editorial expuesta a través de la magnificencia de hechos, recogería la inquietud, aunque con alguna reserva.
El periodista que los atendió, dudando del relato descripto por los desconocidos, se comunicó con el Comando de Aviación Naval inquiriendo sobre "el extravío de una avioneta", agregando que "unos se­ñores con aspecto de cirujas decían haber encon­trado un aparato de esas características". Desde el otro extremo de la línea contestó una vez que res­pondió: "Sí; pero no se preocupe por la suerte de los tripulantes, porque uno de ellos soy yo". Quien había atendido el teléfono, era nada menos que el protagonista del episodio número uno: el entonces Teniente de Navío Trejo Lema.
Comenzaba a partir de esa instancia, el rescate.
Sólo habían transcurrido tres días de la desapari­ción de la aeronave y en el mundillo de lo trivial, la noticia ganaba considerables espacios. Pero... fal­taba lo principal: cómo rescatarla.
Fue entonces que Saporosi, con la fibra juvenil que lo asistía, y previa autorización de las autoridades navales, se introdujo en la boca que conduce a esa profundidad de 20 metros instalada en la esquina de Reconquista y Cangallo, al lado de la Iglesia de La Merced. Acompañado de los personajes conocedores del escenario, se sumergió en aquella oscuridad fantasmal sin medir las consecuencias que pudo su­frir su organismo por los gases de metano que en­vuelven el espacio. Pudo inclusive resbalar al tomar contacto con esa masa informe de desperdicios y ser arrastrado por la corriente. La fortuna lo acom­pañó evidentemente.
Cabe destacar que la Municipalidad había dispues­to la extensión de una línea eléctrica a lo largo del túnel hasta su desembocadura, una vez conocida la existencia del "pájaro metálico".
Después de algunas horas en aquella profundidad hedionda, Saporosi logró extraer la hélice y dos asien­tos de la avioneta. Al emerger de nuevo a la super­ficie, se encontró rodeado de periodistas y numero­sos curiosos. Traía consigo los elementos probatorios del hallazgo que aquellos hombres increíbles habían orientado.

Ya se había comprobado que la máquina se halla­ba en perfecto estado, pese a haber transitado 16 cuadras por el estrecho túnel, al menos para la "es­tatura" del pequeño avión de 35 pies de largo, 20 de ancho y 6 de altura. En la cabina fueron hallados un saco, una cámara fotográfica, una cartera de cuero con dinero, documentos y una lapicera.
La nueva y definitiva incursión debió organizarse con ciertas precauciones, pues era fundamental tener en cuenta los horarios de operatividad, ya que a partir de las 17 horas, el volumen del líquido mal­oliente que se desplaza, producto del mayor uso de artefactos caseros, se incrementaba peligrosamente, poniendo en peligro la vida de los "atrevidos". Con esas precauciones y colocando dos tablones que con­formaran o sustituyeran la función de los flotadores, la nave fue lentamente remolcada por un bote inflable a través de esas 16 cuadras que parecieron kiló­metros, hasta el encuentro del enorme arco del canal colector, algo así como el pórtico del sistema, por donde asomó el extraño incursor. La aparición de la "avioneta submarino", tal la caracterización que le adosó el periodismo, y su posterior izamiento por medio de una grúa, determinaron que el marco de público celebrara de alguna manera la hazaña que combinaron los "hombres-sapo" con los profesionales de la Armada.
Comentarios y alguna controversia, que provocaron generosos centimetrajes en los medios de comunica­ción, asistieron a aquel curioso caso de la avioneta Luscombe Silvaire.
La máquina, reacondicionada convenientemente, volvía al mes de ocurrido el accidente, a elevarse hacia las alturas que le eran propias, cumpliendo las tareas habituales para la que estaba destinada.

Anécdota Uno
El Teniente de «Navío Eduardo Trejo Lema —grado que ostentaba entonces— hacía pocos meses había contraído enlace. Su joven esposa compartía con amigos comunes de la pareja, un té en la confitería del Yacht Club Argentino. De pronto, apareció el pi­loto "envuelto" en un traje que evidentemente era de una persona de mayor estatura física, por lo que extrañada preguntó qué pasaba...
"Se me cayó el avión al río", fue la escueta y hasta displicente respuesta. Ocurrió que cuando cayó a las aguas y estuvo a punto de ahogarse, perdió parte de su ropa, por lo que alguien, presuroso, se le acercó con un traje para superar el momento.

Anécdota Dos
Cuando se efectuaban los preparativos para la pri­mera incursión al túnel, donde estaba incrustada la avioneta de la Armada, un señor entrado en años se acercó al joven Saporosi preguntando qué ocurría. A la respuesta de "estamos sacando un avión", su­cedió la contestación del sexagenario que creía una chanza las palabras de Saporosi, tratándolo de inso­lente.

Pero el episodio no terminó allí, porque un joven oficial de la Policía, que ordenaba el tránsito para per­mitir el operativo, al escuchar la respuesta al curioso, lo llamó aparte y le preguntó: "Pero decime, pibe, ¿es cierto que hay un avión allá abajo. ..?

Recopilación:
Lorenzo Borri
Fuentes consultadas:
HISTAMAR
Revista MACH1 (Círculo Informativo Profesional de la Aviación Naval Argentina) Nº 15.
Publicar un comentario